El Gordo Martínez.

23 Sep

“Pibe, están los que se toman la revolución en serio, y están los que la siguen debatiendo” me dijo el Gordo Martínez la última vez que lo vi. Después me enteré que mató al comisario, y hace poco me enteré que llegó a Paraguay con un 38 y 50 pesos. Buen tipo el gordo, siempre con el mismo traje y corbata. Buen tipo el gordo, con el mismo 38 desde los dieciocho, cuando se lo pasó su viejo. Me lo contaba contento, cada tanto se olvidaba y me la volvía a contar, la escuché al menos cinco veces de sus labios y cuatro de su mujer.

El Gordo se había tomado la revolución muy en serio. “En la revolución nunca te van a seguir, pibe, vas a estar solo. Vos, tu enemigo y una salida, no te olvides.”

El gordo tenía un modo gracioso de sentir la revolución. Para él, la revolución no involucraba a un grupo de personas, ni siquiera a un país, la revolución era uno mismo. Él llamaba revolución a pegar el volantazo, él se revolucionaba cada dos o tres años.
El gordo vino del Sur, me enteré mucho después de su muerte, a los dieciocho. En el bar me dicen que vino caminando y que no estaba tan gordo. “La ciudad lo engordó, lo enchanchizó” me contaron riéndose. El gordo se revolucionó fuerte tres veces antes de que lo mataran. La primera fue en el Sur, vivía en Rawson con su familia, cuando el viejo le dio el fierro, lo primero que hizo fue robar una estación de servicio y revolucionarse. Esa era la revolución del gordo, un poco boluda, pero era su acto de rebeldía, la respuesta de un sistema que lo oprimía. Con la plata robada se vino. El gordo llegó a buenos aires en el ’83 y la dejaba en el ’89, después de llevarse al Comisario Sosa. Sosa no era buen tipo y había tenido varios problemas con el gordo y sus primeros intentos revolucionarios. El Gordo no sabía donde encontrar la revolución, pero al final la encontró en el obstáculo, aniquilar a Sosa fue ese acto revolucionario que lo llevó a exiliarse en Paraguay los años que siguieron, en algún lugar del campo guaraní. Sosa no era un gran tipo, para qué mentir, era un hijo de puta, corrupto hasta la médula y peor ladrón que El Gordo, pero viste que cuando dos personas se parecen mucho tienden a odiarse mutuamente.
El Gordo en Paraguay no la pasó mal, me contó ayer el hijo. Es idéntico y tiene el 38 del Gordo. Dicen que en Paraguay la pasó más tranquilo como peón, hasta que se revolucionó una vez más y se escapó con la hija del patrón. El Gordo tendría 25 o 26 años cuando pasó, que lo encontraron y lo agujerearon. La chica con la que se había escapado ya había tenido un pibe y ese pibe cumplió 18, y ese pibe agarró el 38 y ese pibe siguió el camino del Gordo. Hizo el camino al revés, se escapó de Paraguay después de matar al Patrón. El hijo del Gordo, un revolucionario.

3 Abr

“La libertad es una mierda” Pensó, quizás, abrumado por las consecuencias de su más reciente descubrimiento. En una calle de la apacible Ciudad de Buenos Aires, quizás, la más importante de sus pertenencias, aquello que formaba parte de su efímera existencia y lo desataba más de una vez (vivía atado en realidad) a la triste tierra donde perecían los sueños mortales. La virtualidad, era su refugio y la virtualidad, esa cómoda virtualidad, le fue arrebatada.

Martín había descubierto, en ese triste y reciente acontecimiento, que la parte de su vida que se sostenía de la virtualidad formaba parte de sí mismo y el hecho de que su celular fuera arrebatado, de forma vil y cruel, de sus manos, aquél lazo, aquella conexión entre ambos seres (él y él virtual)… ¡Violado! Esa violación era, una violación a sí mismo.

Quizás la peor, más dura y menos lubricada penetración de la historia.

Tras darse cuenta, frente al espejo, que su virtualidad había sido secuestrada, privada de su libertad (y hasta pedirían rescate por ella), se dio cuenta, obligado, que aquél pensamiento que poblaba su mente de dudas, era cierto, tristemente cierto. “La libertad es una mierda”

Si fuera distinto, cuantas cosas que cambiaría. Y no solo el casual y retorcido secuestro de una persona (virtual, pero persona al fin) de su existencia. No habría más novias infieles, si había algo que anhelaba más, ninguna novia podría volver a serle infiel. ¡No solo eso! Nadie más volvería a entregarle un panfleto, que horrible experiencia era aquella, horror le daba solo pensar que podría suceder, una vez más. Divisaba a la hermosa (o no) chica (o no) que entregaba los panfletos en la calle más transitada emulando las cualidades de un pulpo. ¿Tomarlo? ¿Por interés u obligación? Nadie podía obligarlo más.

Había tantos y más ejemplos, se acostó, su cabeza no dejaba de solucionar problemas. Solo tenía que suprimir la libertad. “Sencillo”

Tras el intento, exitoso, de suprimir la libertad, la suya y la de todos, cabe destacar, se sentó esperando a que alguien le dijera que hacer. Pero no lo encontró. Porque claro, al suprimir la libertad necesita alguien que dé las órdenes y en su primer intento, descarado pero valiente, consiguió obligarlos a todos a la dependencia total. ¿De quién?

“La dependencia es una mierda” Solo necesitaba alguien que le dijera que hacer.

Los tres llantos de Sofía o Los tres cantos de la mentira.

19 Nov

Lloró una vez Sofía,
pues hablaba y nadie oía,
sus gritos se vieron acallados,
por los declarados sabios.

Vio al loco recitar poesía,
y al coherente legitimar la mentira.
Y lloró una vez más Sofía.
Lloró porque nadie oía.

Esclavizada acabó Sofía
y lloró aún más todavía.
Condenada para toda la vida,
a observar y no ser oída.

Descanso

29 Jul

Que me dé un amparo,
que me acerque a la conciencia,
ya no encuentro quien explique
ya no encuentro quien entienda.
A mis ojos solo llegan
palabras sin sonido,
a los míos solo llegan,
pero no encuentro el sentido.
Fino intento descifrar,
pero mi mente estalla,
al no encontrar,
ni un atisbo de consuelo,
donde la evolución
por obra del azar
puso un cerebro.

Camino del ahorcado.

4 Jul

Quizás sea costumbre
de gente de la nobleza,
gusta, gasta, engorda,
gana, juega, desborda.
Pregunta la que aqueja,
rebana y lamenta,
pues yo nobleza no veo,
en quien tanto ostenta.
Quizás sea tonta la certeza,
de tener lo que aparenta,
mas llenando el vacío,
prefiero llenar la cabeza.
Veo entonces al desposeído,
poseer lo que desposee,
y veo al noble rogando,
por favor desaparecer.
Aunque obvio, recuerdo,
la vida corre sin razón,
y solo miro un corazón
entre tanta agitación.

28 Jun

Cuatro años en una esquina, esperando que lloviera. Cuatro años y una espina, esperando que volviera.

Había sido difícil olvidar un recuerdo pasado del cual dependía tanto su existencia en el presente. Sintió por algunos minutos las manos frías, observando aquella foto con su cara sonriente. Apretó ambos, sus manos y sus dientes, mientras intentaba impedir los gestos involuntarios de quien melancólico recuerda e impotente permanece. Suspiró al pasado doblándose en el vientre y entrelazando los dedos se despidió del regente de sus tontos pensamientos. Levantó su mirada, sintiendo el viento recortando su forma y con un pie delante, avanzó con el paso firme hasta el amanecer naciente.

Si fuera tan fácil.

La esquina y las rosas.

23 Jun

Firmemente en su garganta, saludaba el deseo de reírse. Reírse fuerte, como nunca se había reído. Era una rara sensación la de querer reírse, o al menos necesitarlo para poder digerir lo poco que le quedaba en la vida. Desde la esquina que formaban dos paredes en las que se acostaba, observaba desde lejos a la dorada mujer que parecía, melancólicamente, una sombra transitoria. Caminaba sin que sus pasos fueran sentidos, no por desmaterialización de su forma, sino por la despersonalización de cada uno de ellos. Paso tras paso que daba no hacía sentir nada en la inmensidad nocturna, ni suelas ni oídos, ni canto, ni olvido. Quien reía, ahora efectivamente, ya no más deseo y sensación, no estaba en una mejor situación, pero no veía otra solución más que verse retratado en ese horror y con toda su fascinación conmoviendo sus cuerdas bocales, gritar de la risa, hasta ahogarse, hasta escapar de su miseria en un suspiro. Último.

A su mente asaltaba, aquella vieja historia de viejos tiempos, contada por una olvidada señora que acompañaba con té el canto de los pájaros y el aroma de las magnolias. Habían invitado cuatro bellas mujeres a un gran salón en el centro de lo que de antaño fuera la gran mansión de un joven señor. A cada mujer le fue entregada una rosa. De un intenso color rojo la primera recibió, de un pálido amarillo la segunda aceptó, rosa suave la tercera delicada agradeció y una blanca a la más bella, quien sonriendo enamoró. Poco fuera la sorpresa, cuando el señor al llegar a la mesa, vio la predicción que su consejera le susurró ni bien a las jóvenes recibió. La rosa intensa inundó el salón, con su ostentosa vestimenta e indisimulada pasión. La rosa pálida, de menudas caderas y delgada complexión, la velada no culminó y simplemente del lugar huyó. Quien llevaba la tercera, de amaneradas formas y humildes modales, dejó transcurrir la velada sin mayor atención. Siendo la cuarta, la única en cuestión, quien logró llamar la atención del joven señor. Sin embargo, como bien antes anunció dicha predicción, “Llevará la roja a quien de sangre le rebalse el corazón, amarilla quien gota a gota sufrió un amor, rosa quien nada buscaba, solo saciar su ambición, y blanca a quien no le interesaba el amor del señor.”